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    En muchas ocasiones, las personas que nos dedicamos al cuidado de una persona dependiente, ya sea a nivel familiar como profesional, nos encontramos ante situaciones que pueden llegar a superarnos.

    Desde el incesante “¿Cómo te llamas tú?” hasta el “Pero ¿tú quién eres? yo no tengo hijos” nos encontramos con un amplio abanico de comportamientos que si no somos capaces de entender y enmarcar en el contexto de una “cruel” enfermedad, nos afectará a niveles insospechables y en todos los aspectos de nuestra vida.

    Durante el transcurso de las enfermedades neurodegenerativas nos vamos a encontrar con una serie cambios físicos y psicológicos con los que deberemos aprender a convivir, de lo contrario, afectará tanto a nuestra salud física como emocional y, lo que es peor, influirá en nuestra relación con ese familiar al que siempre hemos querido tanto pero al que a día de hoy culpabilizamos y reprendemos.

    A lo largo de mi carrera profesional he tenido la oportunidad de ver más de lo que me hubiera gustado el famoso síndrome del cuidador y toda su sintomatología (agotamiento, labilidad emocional, trastornos del apetito y del sueño, aislamiento, depresión…). Durante el curso de la enfermedad, como cuidadores, compraremos todas las papeletas para sufrirlo pero que lo desarrollemos o no dependerá de la capacidad que tengamos de afrontar, toda la gama de comportamientos y situaciones por las que deberemos pasar a lo largo de este arduo camino.

    Comentarios o creencias que culpabilizan al mayor deben ser desterrados y serán síntoma de que no estamos dándole el enfoque adecuado a la enfermedad:”Es que él/ella nunca ha sido así”, “Es que lo hace aposta para molestar porque de lo que le interesa sí que se acuerda”….

    Incluso los más expertos cuidadores en el campo de la Geriatría, en el plano personal, pueden sucumbir ante el irrefrenable avance de los síntomas propios del Alzheimer u otras demencias ya que estos se muestran incansables e incesantes desde el inicio de la enfermedad llegando incluso a convertirnos en completos desconocidos para esa persona que tanto nos quiso.

    Pese a todo esto, aunque parezca una batalla perdida, hay gestos que motivan a seguir y que compensan todos los aspectos negativos: una caricia, una sonrisa, un beso o una simple mirada nos devolverá a esa persona a la que el Alzheimer nos ha robado y a la que tanto hemos querido y nos reportará la energía necesaria para continuar.

    Siempre que tengamos un momento de debilidad y tengamos ganas de tirar la toalla, siempre que la persona a la que cuidamos nos eche en cara que no nos quiere, nos insulte, se caiga o no quiera comer, pensemos en todo lo que esa persona ha hecho por nosotros siempre que ha estado en su mano el ayudarnos, las veces que nos ha levantado tras una caída o las situaciones en las que ha sido nuestro maestro.

    Entendamos que esa persona sigue siendo la misma pero que por culpa de una grave e incurable enfermedad es ahora la que precisa de nuestra ayuda.

    Javier Ortiz Hernández
    Licenciado en Psicología
    Director Residencia y UED La Alfaguara – Salar

    Terapia ocupacional: Terapia con plantas
    Logopedia en centros de mayores

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