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    Mientras yo viva, mi padre no irá a una residencia

         El título de este texto es una frase que escucho con cierta frecuencia cuando digo que me dedico profesionalmente al colectivo de mayores, seguidamente se acompaña con un “pobrecitos”  o con un “qué lástima”.  Esto me hace detenerme y reflexionar sobre la causa de esas afirmaciones.

    ¿Por qué existe todavía ese rechazo social hacia las instituciones que se dedican al sector?

    ¿Dónde está el problema?

    ¿Será el desconocimiento hacia las instituciones?

         Quizás un día vieron en prensa una mala noticia que hablaba de una mala praxis en un centro y generalizó su rechazo a todo el sector. O tal vez, piensan que ingresar a un mayor en una residencia es abandonarlo hasta que cumpla sus días.

         La verdad es que no puedo concluir afirmaciones acerca de esta negativa asociada a dichos centros, pero sí puedo hablar de mi experiencia como profesional del sector.

        Ejerzo como  animador sociocultural en una residencia de mayores, en la que también acuden usuarios en calidad de estancia diurna. La animación sociocultural es un proceso de cambio, que nos permite diseñar, ejecutar y evaluar actividades pensadas para cubrir una serie de necesidades detectadas en el diagnóstico de un colectivo, con un carácter participativo que pretende activar de forma individual y voluntaria a los individuos de un grupo. Tiene la finalidad de alcanzar una mejora en  cuanto a calidad de vida, sin olvidar las características individuales y culturales de los principales agentes del proceso, en este caso, las personas mayores.

         Creo firmemente en la necesidad humana de educar durante todas las etapas del ciclo vital, facilitar aprendizaje y empoderamiento para lograr cambios significativos y beneficiosos para el alcance del bienestar. Las residencias o los centros de estancia diurna, hoy día, se convierte en un recurso necesario tanto para el mayor como para la familia.  Un espacio pensado y creado para cubrir las necesidades incipientes en esta última etapa del desarrollo humano.

         Siendo así cuando me dicen “pobrecito” o “qué lástima”, sólo puedo contestar diciendo que estoy muy feliz por trabajar con personas mayores, por conocer sus individualidades y hacer los espacios y materiales lo más inclusivos posibles,  por erradicar el sentimiento de soledad y por formar parte de un nuevo sentimiento que se despierta (te quiero aunque no me toques nada). A esa gente que sólo ve negativo, también les puedo decir, qué me levanto cada día con la intención de dar a los residentes el máximo de mí para que vivan cada día como si fuera el último.

         Por tanto,  si me paro a pensar en qué me da pena, quizás me la despierten aquellos que no tienen acceso o facilidad para ser partícipes de una residencia como la nuestra.

     

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    José González Molina
    Técnico en Animación Sociocultural
    Residencia y Unidad de Estancia Diurna La Alfaguara – Salar

    EL SENTIMIENTO DE CULPA TRAS INGRESO EN RESIDENCIA (1/2)
    Cuidando al cuidador